¿Qué pasaría si un plan de rescate global para un planeta en llamas no mencionara el fuego? Esa es la frustrante realidad del último acuerdo climático de la ONU, que ofrece más dinero para las naciones afectadas por el clima. Si bien el acuerdo triplica el objetivo de ayuda para la adaptación a 120 mil millones de dólares al año, retrasa la fecha límite cinco años, dejando en espera a los países vulnerables. Crucialmente, el acuerdo omite por completo cualquier plan explícito para eliminar gradualmente los combustibles fósiles —el principal motor de la crisis—, lo que provocó la indignación de naciones como Colombia y de activistas que calificaron la omisión de 'complicidad'. Este resultado evidencia una peligrosa brecha entre los pequeños pasos diplomáticos y los saltos gigantescos que la ciencia considera necesarios para evitar una catástrofe. La nueva financiación, cuando llegue, está destinada a proyectos críticos como la reconstrucción de infraestructuras tras supertormentas o el desarrollo de una agricultura resiliente al clima.